Hablar de Malí es hablar de un país con enorme potencial, pero atrapado en una combinación compleja de factores estructurales. Situado en el corazón del Sahel, sin salida al mar y con una población muy joven, Malí representa un ejemplo claro de cómo los recursos naturales, el clima y la estabilidad institucional determinan el desarrollo económico.
Una economía basada en el campo y los recursos naturales
La economía de Malí es mayoritariamente rural. La agricultura y la ganadería emplean a gran parte de la población y condicionan el nivel de renta, el consumo y la estabilidad social. Esto hace que el país sea extremadamente sensible a factores climáticos: una buena temporada de lluvias impulsa la economía; una mala, provoca inflación, escasez y tensiones.
Junto al sector primario, la minería es el gran motor económico. El oro es la principal fuente de divisas y uno de los pilares de las finanzas públicas. Cuando el precio del oro sube, el Estado gana margen; cuando baja, aparecen déficits y problemas de financiación. El algodón completa el triángulo económico, siendo clave para el empleo rural y las exportaciones.
En los últimos años, la aparición del litio abre una nueva vía de crecimiento. Sin embargo, también plantea un reto clásico: evitar que la economía dependa en exceso de un solo recurso y que los beneficios no se queden en manos de unos pocos.
Crecimiento con fragilidad estructural
Malí crece, pero lo hace de forma irregular. El crecimiento económico no siempre se traduce en mejora real del bienestar, porque la población aumenta rápido y la renta per cápita sigue siendo baja. Esto genera una presión constante sobre el Estado, que debe invertir en educación, sanidad e infraestructuras con recursos muy limitados.
La pertenencia a una unión monetaria le da estabilidad de precios, pero también limita la capacidad de reacción ante crisis internas. En la práctica, Malí tiene una moneda estable, pero poco margen de maniobra económica.
Los grandes frenos al desarrollo
Hay cuatro factores que explican por qué Malí no termina de despegar:
- Inseguridad, que encarece el transporte, dificulta el comercio y frena la inversión.
- Déficits energéticos, con cortes eléctricos que afectan directamente a la productividad.
- Dependencia climática, que convierte cada shock ambiental en un problema económico.
- Debilidad institucional, que dificulta transformar recursos naturales en desarrollo sostenible.
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